“Uno no debería sentirse solo”
Era el único pensamiento recurrente que Lina tenía en estos días. Era la consecuencia del despertar a la vida que tuvo durante su expedición al supermercado el mes pasado, cuando la realidad le dio un golpe en la cara y la dejó contra el piso.
Ahora sentada en esa banca en plena calle, absorta en su cigarro y en el no querer estar sola, lo podía ver y lo peor, lo podía sentir. Ahora quisiera tener el pensamiento de las feministas cuando aseguran de guata que no necesitan un hombre en su vida. Eso era lo que necesitaba, independencia de cuerpo y mente.
Había escogido justo ese asiento porque era la combinación perfecta entre sol y sombra, los suficientes rayos de sol como para calentar esa sombra. Y como la calle estaba desierta, se apoltronó justo en la mitad del tal forma evitaba que alguien se le sentara al lado. Ella no necesitaba solo un metro cuadrado de intimidad, necesitaba mínimo dos. Era contradictorio, por un lado tanto ansiaba la cercanía pero por otro lado evitaba cualquier acercamiento fortuito.
Mientras seguía inhalaba ese maldito demonio llamado cigarro, notó una mirada curiosa, de esas miradas que no era necesario identificar el observador porque sabías de antemano su proximidad. Y cuanto mas se acercaba, mas la inquietaba. Agradeció en ese momento el llevar puesto sus lentes, le permitía ocultar sus ojos, que hablaban mas por ella que cualquier otra cosa.
“Porque ocultas tu mirada en esa barrera?”
Sintió una voz profunda y melodiosa que se dirigía a ella.
“Perdón?”-. Le contestó aturdida.
“Sí, tengo la fuerte convicción que la gente que utiliza lentes algo oculta, algunos tristezas, rencores, amores, y hasta instintos asesinos. Algo, siempre ocultan algo. Me preguntaba que ocultas tu?”. Le dijo mientras le sonreía.
<<Soledad>> Fue lo primero que pensó.
“Disculpa, pero algunos nos molesta el sol, no es tan profundo, pero igual válido”. Mientras le respondía, pudo ver como él se acercaba aun mas, hasta sentarse junto a ella.
“Hola, soy Andrés, no quiero molestarte la verdad, pero me parece que te haría bien compañía, aunque sea solo mientras te terminas tu cigarro”.
“Como desees.” Fue lo único que atinó a decir, mientras adoptaba esa postura de quién no tienen ninguna intención de entablar ni siquiera la mínima conversación. El que su estrategia de sentarse al medio de la banca y el traspaso de su perimetro de seguridad, no le hubiera funcionado, no la dejaban conforme.
“Entonces? Por qué te ocultas?”.
“Ya te dije, no me oculto, aunque tengo los ojos oscuros, siempre me ha molestado el sol por eso los uso”. Respondió de manera educada pero cortante. Bien conocía esa estrategia, era la que siempre ocupaba.
“Me permites verlos?”.
“Qué cosa?” Ya el tono pasaba al limite entre educado y grosero.
“Tus ojos, déjame verlos y así podré saber en realidad que ocultas. Y tu qué sabes?, en una de esas te puedo ayudar”.
Qué significaba esto? Por qué el cosmos no la dejaba en paz? Lo último que necesitaba era un demente con ínfulas de intelectual, psicólogo e interesante. Todo al mismo tiempo. Por un momento contempló la posibilidad de mandarlo a los quintos infiernos, pero se dio cuenta de su perfil de intenso, y que no la dejaría en paz hasta que se quitara los malditos lentes. Y así lo hizo.
“Mira, no quiero ser grosera, pero en realidad no estoy de humor para estas cosas ahora…”. Le dijo mientras lo miraba duramente.
Ni siquiera terminó la frase cuando lo vio acercarse aun mas, y lo siguiente que sintió fueron unos brazos acogiendola, llevandola a ese lugar en que quería estar, donde no importaba nada, donde quería sentirse querida y apreciada, donde la expresión sentirse como en casa, adquiría su verdadero sentido. Por un momento sintió que el tiempo se detuvo y que ella recibía lo que hace dos minutos atrás anhelaba.
A medida que el cigarro se apagaba en su mano extendida, el calor se diluía y se encontró con una risa amigable y picara.
“Viste, te dije que te podía ayudar”.
Foto del Flickr de k-ko