El camino que recorro desde la estación del metro hasta la oficina suele ser tedioso, si bien es muy bonito porque está lleno de árboles que ahora muestran indicios de la tímida primavera que se acerca, es en línea recta todo el tiempo y como siempre vengo atrasada, camino a toda velocidad para no llegar tan tarde.
Sin embargo, hoy luego de recorrer dos cuadras, apareció a mi lado un canino negro, de patas cortas y delgadas y de cola juguetona. Venía oliendo todo lo que encontraba, el pasto, las rejas, los arbustos y de repente se detenía a orinar algún rincón.
Y se convirtó en mi compañero de ruta, de repente se me adelantaba, caminaba rápido casi trotaba y se detenía en algún verde jardín, olfateaba por aquí y por allá, y de repente levantaba la mirada y me veía venir, y entonces esperaba que yo lo alcanzara y seguía tranquilo caminando al frente.
De repente me abandonaba, no le era tan interesante, no podía competir con una de esas perritas con correa, de pelos limpios, largos y brillantes, y él que no le importaba eso de las clases sociales se le acercaba. Cuando la algarabía empezaba, perdía el interés y volvía a mi lado y seguiamos caminando.
En la esquina cuando el semáforo estaba en rojo, se quedaba a mi lado esperando a que yo emprendiera rumbo y él pudiera hacer lo mismo sin peligro, en esos momentos intercambiamos miradas y me decía, “no te preocupes, yo te cuidaré…” y le creí, creí en su mirada fuerte y sincera!
Por un momento se equivocó, siguió de largo y yo tuve que doblar, y al darse cuenta de su error, rectificó y nuevamente apareció a mi lado, me miró un instante y me volvió a reafirmar que me acompañaría.
Cuando por fin llegué a la puerta de la oficina, me sentí mal al tener que dejarlo, que me había acompañado todo el camino y que me había cuidado. Sin embargo, cuando le dije “Adiós”, me miró con sus ojos dulces, siguió olfateando, luego dió media vuelta, atravesó la calle y partió.