
Ese día llegaré con mi apariencia casual pero controlada, esa que he ido afinando con el paso de los días. Probablemente de jeans y con un toque rojo que sé bien cuanto me luce. Trataré de sacarme los lentes, aunque me cueste reconocerte, sé que me prefieres así.
Nos encontraremos en un bar o preferiblemente en un café, de esos capitalinos que generalmente reúne a los pseudo-intelectuales que tanto detesto. Sin embargo, es el ambiente a media luz, las conversaciones de fondo, un poco de música y una copa de vino lo que buscamos.
Probablemente llegarás primero que yo, -aún no me acostumbro a los tiempos de la ciudad-, te buscaré con la mirada y me encontrarás con la sonrisa.
Mientras me acerco a la mesa, mantendré mi paso seguro, pero mi mirada nerviosa. Los dos recordaremos conversaciones pasadas, susurros regalados y caricias anheladas. Entonces, se instalará en la atmósfera la promesa de la locura y el desenfreno.
Me saludarás -Hola niña Calila-, responderé con la cara sonrojada, una sonrisa tímida y un beso en tu mejilla y en el momento en que te acerques, reconocerás mi olor.
Me invitarás una copa, me harás las preguntas de rigor que disfrazarán las de anhelo, aquellas de piel, sudor y aromas. La conversación fluirá como siempre lo ha hecho, mientras que los ojos implorarán por el cambio de escenario, de atmósfera, de ropas.
Y entonces, mientras tomas mi pelo y yo la copa, te acercarás como siempre lo has hecho y susurrando me dirás al oído, – Despierta Calila, despierta!-




































Pasa,
Las heridas provocadas por la historia en las personas, llegan a adquirir matices particulares, muchas veces inimaginables y que perduran a pesar de los años. Los daños provocados por el nazismo son tan profundos, que cualquier cosa que pueda imaginarme de lo que significaron las brutalidades cometidas, me quedo sencillamente corta.